
Existe algo en la bruma que crea ese calor, en el sonido que habita esa instancia, algo que me hace volver a correr por la casa de la abuela, gritarle a las gallinas en el patio y escribir frases en los muros, frases que ahora además de esconderse, encierran nuevos misterios.
Tres pecas en el mentón, lumbago pronunciado y una desordenada cabellera rubia, hacían parecer a la abuela, un gran girasol. Recuerdo sus ojos descubriéndome, cada vez que inventaba historias absurdas del mundo, como los grandes elefantes del tiempo, siendo confundidos por montañas, o como las gaviotas al tocar el horizonte, se convertían en plata. Ella solo asentía con una mueca, una casi parecida a un guiño, para luego sentarse en la terraza a tomar mate, mientras el sol se hundía del otro lado del planeta. Aún ruge en mí su vocación de sirena: su voz meciéndose en la madrugada, tratando de abrumar al insomnio, que le abrazaba los párpados.
“Debes disfrutar la vida” decía, “Imagina que es como un paseo en bicicleta”.