Bom Voyage

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La tarea del día es husmear en los rincones, sacarle la lengua al vecino cuando da la espalda y quizás comer uno o dos duraznos mientras oigo el sonido del agua correr, al regar el pasto. Con los dedos dibujo los botones de la blusa, los memorizo, me muerdo las uñas a ratos, tratando de irme bien lejos de esta estancia, donde tengo los ojos llenos de mundo y aún queda tanto por retratar.

Aquí, en esta casa, todas las cosas esconden la herida de los años, la huella secreta de la melancolía, arriando el aliento de la tarde que a veces abre la puerta los domingos. El sol se esconde en la azotea, el abuelo sigue oliendo las matas de cedrón al costado de la reja, donde todos los días gritaba el nombre del viento, después de besar a la abuela a regañadientes. Y mamá, mamá me sorprende, sigue siendo una niña desde algunas sílabas, en la palabra “helícoptero”, por ejemplo, o en ese afán de mal pronunciar las “equis” y no decir taxi, sino “taCsi”.

Solía sentarme aquí, a desdibujarle el rostro a los días, a dibujar la raíz del silencio en las ventanas, enrollando el aliento. Solía también robarle tomates a la abuela y comerlos sentada en la hierba, oliendo ese dulce corazón que poseen algunos vegetales. Este lugar susurra por las noches, guarda mis pasos en su boca, para luego hacer eco en la memoria de los míos, cuando ya no esté, cuando me vaya, cuando vuelva por más de sus rincones, a aprender su nueva voz en los espejos, en el banquillo bajo el laurel y los zorzales, en esta habitación, en esta casa.

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